miércoles, 17 de octubre de 2012

Continuamos...

Por fin han llegado los primeros fríos. Bueno, sólo por la mañana temprano y por la noche, porque luego al mediodía sigue haciendo bastante calor, pero bueno, por algo se empieza. Ya estaba bastante harta del verano. Dicen que ha sido el más caluroso de los últimos 70 años, y no me extraña, todo el mundo comentaba que no recordaba unos calores así. En fin, ya se le ve color al otoño, una época que me encanta. De hecho ya hasta me he atrevido a ponerme entre las manos alguna que otra madeja de lana, jaja. Estoy haciendo otra colchita de bebé a croché, pero ya la enseñaré cuando la termine, que me queda muy poco. También tengo a mano mis hexágonos, tanto de lana


como de tela.


Ya he probado incluso los primeros huesos de santo, y eso que no los suelo tomar hasta el 31 de octubre (es que ya se adelantan todas las fiestas). Están taaaannnn ricos... pero ya no pienso comer ni uno más hasta que no llegue su tiempo.


Pues eso, que continuamos con la tarea tras el largo y horrendo paréntesis veraniego, durante el que apenas he tenido ganas de hacer nada de crochet ni de patchwork. Bueno, de patch no he hecho absolutamente nada, y eso que tengo algún que otro proyecto empezado. A ver si viendo las colchitas de Laura me animo algo, jeje.

sábado, 6 de octubre de 2012

Viviendas subterráneas




A mediados del siglo XIX, coincidiendo con las oleadas de emigrantes europeos en las grandes praderas de norteamérica, comenzó a surgir un nuevo tipo de construcción. Me refiero a las casas subterráneas, una especie de cuevas excavadas generalmente en la ladera de una colina para aprovechar un lado como entrada. En ese lado, que solía estar orientado hacia el sol, se construía una pared con la puerta de entrada a la vivienda y alguna ventana para permitir un poco de luz natural. El suelo solía ser de tierra apisonada, y las paredes también eran de tierra, puede que encalada. Normalmente la planta de la vivienda consistía en un rectángulo no muy grande, y sobre todo eran los emigrantes escandinavos los que hacían estas casas.

Supongo que la falta de árboles, y por lo tanto de madera, en esas enormes planicies de hierba fueron la razón de que se hicieran ese tipo de viviendas (muy común por cierto en algunos lugares del mundo). Además contaban con el problema de un clima bastante extremo, con mucho calor en verano y con inviernos muy rigurosos.

Aparte del ahorro en madera, había otras ventajas para su construcción, como proveer de un clima muy suave todo el año, pues en invierno las cuevas mantienen una temperatura muy agradable, y en verano son frescas; y la protección de las grandes inclemencias del tiempo, como tormentas o vendavales. Por contra, las cuevas eran oscuras y demasiado húmedas, y tenían el problema de las filtraciones de agua de lluvia y los insectos. El techo de las cuevas era o bien de vigas de madera cubierto con ramas y hierbas, o directamente de la misma tierra con hierba. Laura cuenta cómo una vaca pisó el techo de su casa y se le quedó la pata metida dentro, lo cual nos indica el peligro de derrumbe que debió tener este tipo de vivienda.

De todas formas, se suponía que estas viviendas subterráneas eran provisionales, y que las familias se construirían casas de madera cuando estuviesen asentadas y contasen con suficiente dinero para comprar madera. Pero mientras tanto esta era una forma barata de poder tener un techo.

Esto es lo que cuenta la Historia. Y una vez más, Laura Ingalls Wilder nos relata en sus libros cómo su padre compró una de estas cuevas a un emigrante noruego (bueno, realmente hizo un trueque por los caballos y el carromato). Lo cuenta en A orillas del río Plum, donde nos presenta al señor Hanson, y donde nos narra de forma más amena todo lo que he dicho anteriormente, lo que demuestra que Laura escribió sus libros entre otras cosas para dejar constancia de una forma de vida que ya había desaparecido pero que ella vivió en primera persona cuando era una niña, y que como buena maestra que era quería dejar plasmada para las futuras generaciones.